¿Qué decimos cuando decimos “mara”?

Por Mario Zúñiga Núñez (Tomado del sitio web www.dei-cr.org, para ver las citas, puede descargar el original i¿Qué-decimos-cuando-decimos-mara?)

“Mara” o “pandilla” son palabras creadas y recreadas en el complejo lenguaje centroamericano. Nombran nuestro mundo y al mismo tiempo lo reproducen, pero ¿cuánta conciencia tenemos de lo que queremos decir cuando nombramos estas palabras? Tal vez muy poca. Conviene por eso adentrarnos en el uso histórico de los términos y hacer un ejercicio de discernimiento crítico: ¿Qué decimos cuando decimos “mara”? 

Para conocer un poco más sobre los grupos de jóvenes denominados “pandillas” o “maras”, es conveniente historizar y discernir entre estas palabras que se han difundido tan masivamente en los últimos años.

Buena parte de los estudios centroamericanos sobre pandillas reproduce pasivamente una historia de la palabra “mara” que dice más o menos así: el término “mara” nace de la equiparación entre los colectivos de jóvenes con un tipo de hormiga denominada “marabunda” (o marabunta) y conocida por su inmenso potencial expansivo y destructivo de las cosechas. Según esta leyenda, la palabra llegó a Centroamérica mediante una película que tenía a estas hormigas como protagonistas.

En versiones más o menos sofisticadas esta información se reproduce una y otra vez, a tal grado, que uno comienza a sospechar. ¿Cómo es que una película impuso una palabra de utilización tan masiva?, y si la película trajo la palabra y esta funciona para describir a las malévolas “maras” ¿Porqué hay tantos otros colectivos no delictivos que se autodenominan “maras”? ¿Porqué esa recurrencia a equiparar a las pandillas con una plaga? ¿Porqué tantos autores/as, inclusive críticos, reproducen la historia con tanta pasividad?

Bien, comencemos por el principio. Al parecer, la fantasiosa historia acerca de una película que trajo consigo una palabra, tiene como base una información recolectada en el estudio pionero de Devorah Levenson sobre las pandillas guatemaltecas. Es de resaltar que este origen no siempre se cita, lo cual hace que la información se reproduzca de forma cada vez más “naturalizada” y más alterada respecto de su fuente original. El trabajo de Levenson3 dice así: “…un miembro de la Mara Plaza Vivar- Capitol recuerda que por años había merodeado la Plaza Vivar con sus amigos de barrio en la zona 7, pero que había empezado a ser una `mara´ `por la huelga de camionetas ¿se recuerda usted que decían los chavos de la prensa y de la tira [policía] ¡allí viene la marabunda!? y así, como quien dice nos llegó primero y nos pusimos la Mara Plaza´. De hecho un oficial recordó que el nombre había sido tomado de una película de los sesenta llamada `Marabunta´, relativa a hormigas rojas del brasil que estaba exhibida en esa época [finales de los años 70]”.

No existe ninguna película con el nombre “Marabunta”, existe un film de 1954, protagonizado por Charlton Heston y Eleanor Parker que se llamó “The naked junge [La jungla desnuda]” y que se tradujo al español y se exhibió en las salas de cine con el nombre “Cuando ruge la marabunta”, que es probablemente el filme al que hace alusión el policía entrevistado. Pero lo que tenemos hasta acá son dos declaraciones convergentes: la de un pandillero guatemalteco y un policía. Evidentemente haría falta una investigación a profundidad para determinar si en efecto existe una relación entre estas dos manifestaciones (una película de Hollywood y el nombre de las pandillas).

Pero curiosamente la mayoría de estudios obvia esto, y la historia de las hormigas, la película de Hollywood, y los pandilleros centroamericanos; se ha tornado una explicación fantástica con un rango de verosimilitud tal, que los estudios científicos lo relatan casi como un hecho. No descarto que esta causalidad pueda darse, pero insisto en que habría que hacer una investigación de profundidad para establecerla, y otra investigación de paso, para averiguar porqué los/as científicos/as sociales aceptan pasivamente este tipo de historias.

A falta de estas investigaciones aventuraré una hipótesis: una historia de este tipo es aceptada por la equiparación fundamental entre “las maras” y una plaga de hormigas, que independientemente de las valoraciones éticas que se puedan hacer de estas, marca una característica del imaginario centroamericano acerca de las pandillas, entendidas como una plaga que invade desde lo exterior. La película a la que se hace alusión plantea a Heston, ese héroe patriarcal imbatible, desarrollando una lucha civilizatoria frente al caos de la naturaleza expresado en maldad absoluta (un grupo de hormigas que se extiende sin ninguna racionalidad como el “mal absoluto”), nada más cercano a la concepción básica de las pandillas en las “leyes antimaras”4. Así las cosas, yo plantearía la necesidad de explorar otros caminos para entender la dimensión de la palabra “mara”, más allá de la naturalización que se hace del relato patriarcal de una película cuyo centro es la lucha civilizatoria.

Corresponde entonces historizar la palabra con los pocos datos que se tienen, en aras de generar interpretaciones que salgan de este círculo vicioso de análisis. Ignoro qué vínculo tiene la palabra “mara” con la película de Charlton Heston, pero más allá de esa causalidad forzada, se podrían encontrar otras utilizaciones históricas de esta palabra. Mi propia utilización de la palabra me introdujo de una u otra forma a esta discusión.

Cuando comencé la investigación sobre pandillas salvadoreñas, utilizaba comúnmente la palabra “mara” para designar el fenómeno y “marera/o” para referirme a los integrantes de las pandillas, sin embargo, en la medida el trabajo avanzaba, esta categoría designaba cada vez menos a los/as informantes y para algunos/as esta palabra se tornaba ofensiva. Tal vez el caso que me llevó a dudar de la palabra fue el de Katia5, una pandillera que colaboró decididamente en el estudio: en las primeras entrevistas en 2007 había alguna resistencia al concepto, en las últimas en 2008 ni siquiera mencionaba la palabra porque le parecía ofensiva. En la cultura de las pandillas no nombrar una palabra tiene una significación muy fuerte, por ejemplo, las pandillas prohíben mencionar a la agrupación contraria con su nombre propio, deben utilizarse únicamente palabras ofensivas para esto (p.e. los integrantes de Barrio 18St no dicen “Mara Salvatrucha” sino “Mierda Seca”). La reticencia de Katia invita a pensar cómo utilizamos la palabra en nuestros contextos, para descubrir el origen de este malestar y poder utilizar otras categorías menos problemáticas. Katia proponía una categoría alternativa que definía su agrupación sin ofenderla: “pandilla”. Pero veamos un poco la historia para evidenciar el problema6.
Popularmente el fenómeno de las pandillas salvadoreñas se conoce como el fenómeno de “las maras”, esto tiene raíces lingüístico-culturales: en el norte de

Centroamérica la palabra “mara” designa un grupo de personas o grupo de amigos. En este contexto no es de extrañar que los primeros grupos de jóvenes documentados en los estudios sobre pandillas en Guatemala y El Salvador se autodenominaran “maras”7, dado que era el nombre que recibían los conjuntos de personas en general: “la mara de mi trabajo”, “la mara de mi escuela”, “la mara de mi colonia”, etc. Más allá de lo que sugiriera la cartelera de cine de la época, “mara” es una categoría en la que se encuentran reflejados muchos grupos de personas, no solo jóvenes.

Años más adelante en Los Ángeles, la palabra “mara” se tornó en una forma de reivindicación de la identidad salvadoreña. Allí la población emigrante, que se multiplicó en varios miles de personas hacia los años 90, se aferraba a su identidad nacional, mezclándola con la cultura norteamericana, lo cual generó una cultura de frontera donde la palabra “mara” realza una pertenencia salvadoreña. El nombre “Mara Salvatrucha”8 es tal vez el indicador más distintivo de esta cultura de emigrantes salvadoreños/as que, en Los Ángeles, no se rindió pasivamente a los designios de la cultura que la acogía, sino, que encontró un referente de resistencia, tal como lo había encontrado la cultura chicana que les precedio9.

Hasta el momento se puede ver que la categoría “mara” tiene dos acepciones: 1) para Centroamérica designa una amplia gama de grupos de personas (gremiales, juveniles, de género, etc) y no es privativo de las bandas delincuenciales de jóvenes; 2) para Los Ángeles tiene un significado reivindicativo en un contexto donde la cultura salvadoreña es desvalorizada frente a lo anglo (y en muchos casos frente a lo mexicano), de tal suerte que es una reafirmación de identidad que tiene una expresión importante en las pandillas.

Pero hay un tercer momento de esta categoría, que surge con las deportaciones masivas y el recrudecimiento del fenómeno pandilleril en Centroamérica. Allí los medios de comunicación locales convierten el concepto de “mara” en un monstruo; es decir, un colectivo con características más allá de lo humano, donde reside la maldad absoluta, que tiene posibilidad de desarrollar una vileza sin precedentes (coincidiendo fuertemente con la equiparación entre “mara” y plaga de hormigas)10. En boca de los periodistas y la audiencia de medios masivos, “las maras” son la encarnación del mal, son un sujeto deshumanizado que se torna referente de a-sociabilidad. Las/os periodistas, ligan constantemente la categoría “mara” a la idea de “antisocial” con lo cual describen en fenómeno fuera de su complejidad. Esta forma de entender la palabra “mara” encontró eco también en los planes gubernamentales de los gobiernos de ARENA denominados de “Mano Dura” y “Super mano dura”, que lejos de solucionar la problemática, las ahondaron despojando a estas personas de sus derechos humanos. La palabra “mara” es convertida por el gobierno y los medios de comunicación en un estigma, que fundamenta la deshumanización, penalización y represión de estos colectivos. Este es el significado dominante en El Salvador de hoy, por encima del que designa grupo de amigos o el que reivindica la identidad cultural.

Es allí donde surge el malestar de Katia, quien ha sentido la estigmatización de no poder exhibir sus tatuajes, ser deshumanizada por los medios de comunicación, rechazada en las escuelas y hospitales por su pertenencia a la pandillas. En este contexto, es de suponer que a Katia le ofende que le digan “marera”, porque esto implica una fuerte carga de violencia simbólica, que se traduce en decisiones estructurales y actos de violencia.

“Mara”, al ser una palabra inserta en nuestro sistema de símbolos, designa y reproduce un orden social. Puede ser utilizada de forma inocente para designar únicamente al grupo de amigos, gremio o parientes; puede significar reivindicación cultural en los Estados Unidos; pero también puede utilizarse para equiparar seres humanos con una plaga de hormigas, estigmatizándolos como mal absoluto. Por ello es bueno hacerse la pregunta ¿qué decimos cuando decimos “mara”? Respondiéndola, nos daremos cuenta si estamos reproduciendo un orden opresivo y desigual, al invocar la palabra para deshumanizar seres humanos. Ninguna de las palabras que usamos es “natural”, todas las hemos inventado en una historia para producir y reproducir un mundo desigual. Por ello la crítica de las palabras tiene a su base la pregunta: ¿nos gusta el mundo en que vivimos? Al discernir entre las palabras, discernimos también entre instituciones, leyes y órdenes sociales. Es un paso necesario para acercarnos al mundo que soñamos y merecemos.